LA CAMPANADA DE HUESCA
Sigue la leyenda que el rey Ramiro II de Aragón, acabada su sangrienta Campana de Huesca, quedó incapaz de descabezar
una gamba, que hasta se hacía desmochar los espárragos por chambelán de manos
limpias, no fuesen a sufrir después de cocidos y le provocasen pesadillas y
remordimiento.
Pero el Rey Monje le cogió gusto al
notorio efecto de su Campana y, vuelto a su naturaleza beatífica, hízose
fabricar un cuaderno de tapas de corcho del Moncayo, que no de cuero animal, y
redactó de propio en él un recetario que llamó Liber Tañidorum o lo que es lo mismo, De cómo dar la campanada sin atroces fundamentos.
Vivía en Huesca a la sazón, un humilde
pastelero, y como fuese que proveía de dulce a todo quisque en la Corte,
llegáronle nuevas del cuaderno y tal fue el ansia viva de saber a su Rey en aquellas
harinas de otro costal, que trocó su condición por la de ladrón de cuadernos a
fin de apropiarse del grimorio.
Perpetrada la fechoría, el ladrón de
Huesca puso alambique, atanor y retorta en el obrador de su antiguo oficio y cocinó
fórmulas hasta que, una noche de septiembre, dio tan sonada campanada que los
ecos se llegaron allende las fronteras de Aragón.
Mas no supo aquel hombre hasta el alba
del efecto producido y, pues cree el ladrón que todos son de su condición,
llenose la ciudad de Huesca de salteadores y bandidas prestas a hacer el
septiembre con la ocasión presentada. De Zuera, Cuenca, Sabiñánigo, de Terrassa,
Valladolid, de vuelta de Zaragoza, de la Aranda castellana y aun de Flandes e
Inglaterra vino la horda de cacos.
Con cuaderno en faltriquera fueron
robando a destajo: colorines de vidriera y sombras de capitel en el claustro de
San Pedro, líneas de crucería y oropel catedralicio, perfiles de transeúnte,
modelos de traje varón, que se llevan de dos botones, el perfil de la Morena,
el negro bruno del pozo, que viene a prueba de aguadas, la tintura de las migas
y el pigmento del pastor, todos los rojos de teja, los de alero y los de vino,
papeles de principales y también de secundarios, pinceladas de Miguelas y el exacto
trazo octogonal del Museo Provincial sucumbieron al saqueo.
Y cuando fuese la tropa, cada mochuelo
a su olivo, dicen que el ladrón de Huesca hizo mutis por el foro y retirose a
Sourmenia, muy cerca de Liechtenstein. Puso allí nuevo obrador por ocultar sus
manejos y sigue de probatinas para nuevas campanadas, pues atestiguan vecinos
que de noche oyen allí, un soniquete metálico que viene a decir: Tin-tin… Tin-tin,
tin-tin, tin-tin… en Sourmenia.
PD: Ignoren vuesas mercedes cualquier
omisión de los hechos, que por mor de aquel ladrón yo bebí el agua pagana que
envuelven las sacras piedras del lar de San Juan de la Peña, y ando estreñido
de entonces, de mollera y aun de luces, tamaña fue la impresión.