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sábado, 2 de febrero de 2019

Y el ectoplasma de Lorés se ha sustanciado en cuaderno...

    Bueno, pues ya tengo el cuaderno de mi, hasta ahora, enigmático e invisible amigo. Ha resultado ser mi querido Manuel Lorés y lo he visto y revisto, examinado y paladeado antes de hacer las fotos y contarlo aquí. Me lo tomé con calma. Y con un café.
    Lo bueno de algunos cuadernos es que vienen a continuar conversaciones interrumpidas. En el caso de las nuestras, las de Lorés y las mías, han tratado de temas muy variados: desde la historia a la gastronomia, de las Schmincke a los rotuladores, del reino de Aragón a los cuentos de Calleja, de los cuadros a las momias, de las catedrales a los potajes y de las montañas a la chimenea chiosporroteando en Sourmenia. Todo eso aparece en su hermoso cuaderno, detallando los colores usados para recrear un cielo nuboso poblado de pájaros en formación de ataque, o en unos huevos fritos en sartén de hierro, al amarillo de kadmio y siena tostada para la puntilla; una portada de una casona donde dan ganas de entrar y quedarse unos días a visitar esos valles y esas montañas ahora con nieve, anticipados en dos hermosas acuarelas reversibles para que uno no sepa cuál le gusta más. Y unos caramelos de la embajada.
    Todo ello con el buen hacer que le caracteriza. Con esa caligrafía cancilleresca típica de la embajada de Sourmenia, cuidada y que sola ya es un lujo, más con lo que va contando con detalle. Buena receta ha aplicado a este cuaderno y Lorés en la cocina es siempre rotundo y generoso, como a la vista está. Esos micromomentos de felicidad que el dice y que ahora comparte conmigo.
    Siempre queda el problema de continuar este tipo de cuadernos, algo que a veces parece una profanación. Aún tengo tal cual llegó el primero que recibí en este intercambio de amigos ectoplasmáticos. También era suyo. Un cuaderno artesano de papel de color suave con sus dibujos alegres y los tonos serios de los verdes y sepias de Schmincke. Por estas que son cruces que este cuaderno lo voy a llenar de dibujos, procurando estar a la altura de los que ya tiene, cosa difícil. Y de esa caligrafía cuidada y personal ni hablemos. Voy a tener que escarbar entre mis plumillas para elegir una adecuada y a  seguir un curso de Rousselot Smichdt, ese ya amigo argentino afincado en Barcelona que ha puesto letra e imagen a todo lo que hemos bebido, comido y fumado.
    Lo dicho, aquí se ve el cuaderno que queda en mis manos para posteriores disfrutes. Muchas gracias, amigo. Me ha encantado.

 
 
 
 





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