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| Lápiz grafito sobre papel 21x15 |
-¡No puede ser!- Me dice mientras me mira a los ojos- ¡Dos
kilos!
-Dos kilos, de qué- le pregunto.
-De qué van a ser… Marga, hija, de carne; de carne que ha crecido
alrededor de mi cintura… Según me lo cuenta, parece como si un alien venido de cualquier perverso planeta hubiese
colonizado su cuerpo con la intención de quedarse para siempre.
-Ajá- digo intentando
ganar tiempo y pensar algo para consolarla, pero a estas alturas ella ya ha comenzado su confesión y nada podrá
pararla; nada, excepto la llegada del camarero con los cafés, a los que acompañan unas pastas cortesía de la casa; entonces su mirada se
ilumina y su pena se desvanece.
-No hay que
martirizarse-le digo-; después de las navidades y dos fines de semana acudiendo
a celebrar la matanza del cerdo…
En ese momento, mi
cabeza ya ha comenzado a visualizarlo: colesterol y triglicéridos
en una desenfrenada y deliciosa orgía de grasa y no puedo evitar que se
me escape una risilla maliciosa…
Y para cuando voy a
proponerle aquello de menos plato y más zapato, tanto la culpa, como el
propósito de la enmienda la han abandonado: debió ocurrir mientras se zampaba
mis pastas.
