Revisando la tarjeta de memoria de mi cámara, intentando poco
a poco recuperar lo más posible, a cuentas del incidente de “mi Manolo”, me he
topado con una peonía. Estaba retratada dentro de un bote de cristal, un tarro pequeño
y delgado, de espárragos, a todas luces ridículo para la inquilina, pero muy
conveniente, imprescindible junto al agüita, para no acelerar su decadencia.
Mil perdones señor tarro, por obviar su salvadora presencia y quedarme sólo con
la peonía. Y mil gracias, fue usted el ángel salvador, el acompañante perfecto
para esta dama rosa. Le doy mi palabra de que otra vez será usted honrado como
merece.
La agüita, en cambio, por ser imprescindible para “ejecutar” este retrato, creo que puede darse -más o menos- por honrada. Bien visto, de sentirse la agüita ofendida, entonces, al no retratarlo, habría yo honrado al señor tarro (¿?) Y la dama, la dama rosa, ¿qué dice? No dice nada, no sé si agradecida o espantada, pero nada de nada. Qué cosas…



