| Bolígrafo sobre servilletas de aquí y de allá. |
Ratera de bar. Eso es lo que soy. No penséis mal... Hasta hace poco tenía miedo a los cuadernos, con sus páginas tan inmaculadamente blancas. Sin embargo, era sentarme en una cafetería o en un bar, ver el servilletero y se me encendía la "bombilla creativa" con cualquier cosa que se pusiera a mi alcance visual, bien de la misma, o de lo que sucediera al otro lado de los cristales.
| Servilleta de la cafetería de la facultad de Filosofía y Letras de Valladolid. |
Yo pensaba que me estaba "rehabilitando" porque poco a poco iba adentrándome en algunos cuadernos e incluso llevo en el bolso una agenda reciclada de esas que regalan con algunas revistas femeninas. Pero las servilletas me pueden, y reincido. Quizás porque, inconscientemente, conozco las limitaciones del finísimo papel y no pretendo ir más allá de lo que debe ser un rápido esbozo.
| El frío norte. Servilletas y vistas en alguna cafetería de Amiens. |
Incluso diría que hay un placer escondido, como un ritual, en el hecho de doblarlas de manera que se acomoden al billetero de mi cartera. Y dejarlas ahí un tiempo. El suficiente para que los dobleces formen parte de su superficie, como huellas de su vida.
Pd: Como ya sabéis, no es por enrollarme pero ni soy ni quiero ser sintética. Gracias a Gometero que tantos bolis me ha proporcionado y gracias a la camarera de la cafetería Caprichos por intuir y proporcionarme libretas de comanda antes de que yo las pidiera...bla, bla, bla...